Geografías del alma
Estas nuevas obras de Fidel Sclavo suponen, dentro de un sello autoral decididamente personal, una considerable transformación. En primer lugar, por el soporte y por el material protagónico. Luego de mucho tiempo generando delicadísimos y poéticos trabajos sobre papel, recurriendo casi siempre a tintas negras o de color, con la irrupción posterior de la fotografía, decide explorar otros caminos. Ahora llegan las posibilidades de la tela, de una materia pictórica más densa. El acrílico usado espeso, casi sin veladuras.
Su repertorio esencial no cambia. Quizás se haga más despojado que nunca, más cuidadamente selectivo en sus recursos sintácticos. Pero sigue manteniendo una tan profunda como intangible densidad poética. Eso si, más vigorosa, más áspera. También se mantiene un modo expresivo, un acto narrativo dotado de la deliciosa capacidad de conmover con suavidades tibias, con susurros esquivos. De alguna manera, cada una de las imágenes instaura una especie de cartografía, mapas parciales e inciertos sobre la más incierta de las geografías: la que se ubica huidiza e inasible en pliegues y repliegues del alma, lugar ignoto pero de sostenida pertenencia. El método para concretar esas pinturas es también novedoso. La tela se despliega sobre una superficie horizontal, por lo general, el piso, y allí, sin tensar, es pintada. Sólo después son colocadas en los respectivos bastidores. Eso provoca, dentro de esas raras geografías, casi imperceptibles variantes orográficas, texturaciones lánguidas, relieves apenas insinuados. Dos rasgos son reinterpretados por el creador. La impronta gestual y los grandes campos de color (colour fields) que llega desde el expresionismo abstracto norteamericano. Pero aquí no hay expresión desbordada, solo un decir que se refugia casi en la mudez, atmósferas impregnadas de ausencia. La abstracción parece negarse a sí misma, refugiarse en signos jeroglíficos, en formas con valor de iconos sugerentes que se aquietan y practican sus silenciosas ceremonias rituales. Los campos del color son igualmente austeros, puros, apostando casi siempre a la expansión de un blanco tiza o blanco crema, a la prudencia del gris, al distanciado dramatismo del negro. De tanto en tanto esas grandes áreas aceptan la presencia de formas alusivas, de trazos filosos en precario equilibrio. Entonces crece la convicción que aun el desasosiego puede ser tibio, que la tristeza puede ser dulce. Y el desasosiego es, también, dijera Alejandra Pizarnik, el sentimiento de lo provisorio, lo inestable, lo fugaz, el deshacimiento de la urgencia.
Mediante estas geografías extrañas, estos sueños desvelados que anidan por el pecho y sus suburbios, Fidel Sclavo accede a un conmovedor sentido de la belleza. No es la belleza hedónica que provoca los sentidos. Es la belleza compasiva que sabe renunciar a sus cáscaras y ofrecer la sinceridad de sus carnaduras. La belleza que no exacerba el sentido mediante la seducción intempestiva. No es la belleza devoradora que somete y exige. Tampoco la belleza que uniformiza y vuelve todo lo humano materia de mercado, erizada de trampas y cantos de sirena. Es la belleza que va tomando posesión de de los sentidos tanto como la conciencia, la seducción lenta, demorada, serenamente anhelante. Por eso mismo, más confiable, más cercana, más aceptada por la memoria. De manera ubicua, casi secreta, esa belleza invita a explorar los laberintos del alma. A conocer sus frondas y sus desiertos, sus mares y sus colinas. Sabiendo, aunque sin saber demasiado.
Alfredo Torres