Álvaro Gelabert nació en Montevideo en 1964
Formado en el Centro de Expresión Artística de Nelson Ramos. Principales muestras, individuales: Instituto Goethe, 1998; Alianza Cultural Uruguay – U.S.A., 2000; Galería del Paseo, 2002; colectivas nacionales: Salón Municipal, 1988, 1992, 1998, 2001; Premio Paul Cézanne, 1991, 2000; Premio United Airlines, 1999; Premio Fundación Batuz, 2002; Salón Nacional, 2002, 2004, 2006; colectivas internacionales en Argentina, Bolivia, Brasil, Costa Rica, Estados Unidos, Holanda y México.
Los objetos de Álvaro Gelabert rechazan una denominación definida. Llamarlas cajas, implica darles una dirección limitada de sentido. La caja es utilitaria en tanto recipiente. Se abre y ofrece sus secretos. Estos cubos, narcisistas, ensimismados, muestran su exterior y niegan, prudentes, su interior. Así, lo secreto se convierte en misterioso. Al mismo tiempo, predican una elegancia cotidiana, una belleza cautivante y franca. No quieren ser ostentosos y eligen, para vestirse, materiales banales, papeles de lijar, madera laminada o cueros. Esa piel-vestimenta, gracias a la alquimia creadora, se convierte en una minuciosa cuadrícula que juega sobre la forma estable del cuadrado. A veces es casi monocromática. Otras, se engalana con el diseño de guardas o de algún ornamento inesperado, lindando incluso con lo disparatado. No conviene revelar la identidad de los mismos, porque se corre el riesgo de diseccionar la magia. Lo cierto es que gracias a esas combinaciones prodigiosas, los objetos, los cubos de una mítica reinvención euclidiana adquieren nivel mítico, destreza en el ejercicio del hechizo, encantamientos rituales.
Las piezas, los objetos, ostentan dos virtudes básicas. Por un lado, la pureza de diseño. Tienen la rara capacidad de forjar una sintaxis selectiva y con ella multiplicar posibilidades del relato formal. Los objetos son hermosos, quieren serlo. En tiempos en que la belleza, progresiva, renovada, revitalizada, tal como reclamaba Mondrian, ha perdido prestigio, es todo un acto de coraje. El mercado ha decretado la moda de una estética del mal gusto o de una total asepsia. Álvaro Gelabert decide que sus objetos deben atraer, seducir. Y lo logran. También logran, más allá de algunos títulos que juegan con la ironía, incluso con el humor, que esos cubos abran un amplio espectro de lecturas. Aquel espectador que quiera ver en ellos sólo belleza formal puede hacerlo, aunque pierda buena parte de su riqueza narrativa. El que quiera entramar su propia historia y desarmar el misterioso silencio que cobijan, también puede. Quien decida que apenas son de partida para emprender el vuelo de un fértil y sanísimo delirio, también puede.
Por cierto, las lecturas son favorecidas por un hacer manual impecable, de una perfección casi abrumadora. Para adherir el material, cuadradito por cuadradito, y crear la piel de los objetos, Álvaro Gelabert trabaja con una minuciosidad asombrosa. Se puede ver el despiezo que forman, pero no se puede ver una sola falla, un mínimo corrimiento. Los elementos que ofician de sostén, a modo de patas en cada vértice inferior del cubo o en el punto medio de las aristas también inferiores, surgen como un crecimiento natural y no como agregados ocurrentes. Cada uno de ellos, parece pertenecer al objeto con una fluidez indiscutible. No sólo por pulcritud técnica sino por juego entramado entre soporte y cubo. Reafirmando una vez más, que la elocuencia en una obra de arte responde en gran porcentaje, a la ejecución afinadísima. En caso contrario, el milagro de la comunicación se traba, se entorpece, se disipa.