Claudia Casarino / Claudia Coca- Trago Amargo

Trago amargo

Claudia Coca · Claudia Casarino

Dos plantas amargas y dos historias de extracción son el punto de partida de la exhibición. Las obras presentan cuerpos que guardan la memoria de un territorio saqueado. Trago amargo reúne a Claudia Coca (Lima, 1970) y Claudia Casarino (Asunción, 1974) alrededor de la quina y la yerba mate: dos especies sudamericanas que Europa aprendió a beber como remedio y como estímulo exótico —junto al café, el cacao y el té— y que los mismos Estados que permitieron su explotación convirtieron despuésen emblema nacional. La quina está en el escudo del Perú; la yerba define una parte clave de la identidad del Paraguay El amargo, aquí, es un gusto adquirido del imperio: lo que se exportó como mercancía y lo que quedó arraigado como costumbre, como cuerpo y como saber.

Por un lado, Claudia Coca sigue el rastro del árbol de la quina, el "árbol de la fiebre". La artista parte de una convicción: las mismas prácticas coloniales que hicieron de la naturaleza y de los saberes originarios materia apropiable son las que hoy sostienen la crisis climática y la toma de territorios. La quina condensa esa historia. De su corteza se obtuvo la quinina, el primer remedio eficaz contra la malaria, una de las enfermedades que más muertes ha causado en la historia humana; clasificada por Linneo comoCinchona officinalis, estudiada y extraída hasta el borde del agotamiento, con sus semillas contrabandeadas para fundar plantaciones en las colonia asiáticas, fue también un arma de conquista: curaba a las cortes, después a los ejércitos y a los colonos que entraban en los territorios tropicales de África y Asia. El conocimiento botánico funcionó como una tecnología de poder global, y el control de la quina, como una pieza más en la competencia entre imperios. Coca trabaja este relato desde el propio dispositivo que lo administró: la imagen científica. Sus dibujos en carbonilla y pasteles sobre lino —árboles enfermos que muestran sus últimas hojas, un ejemplar joven hallado al azar en Coroico, el tejido de especies que conviven con la quina— invierten el sentido de la lámina botánica; y en obras como Joya para el Imperio y Registros botánicos enfrenta la hoja de quina con las guardas marmoladas de los tratados de taxonomía. Esos libros que clasificaron y "enmarcaron" la planta para la corona. Donde el registro científico desinfectaba al espécimen vegetal de su historia del polvo, de la tierra, de la sangre derramada, la artista, con sus imágenes trae al presente el contexto. Recuperar la memoria de la quina es, para Coca, reivindicar el conocimiento de los pueblos originarios y volver visibles las relaciones de poder que la colonialidad dejó intactas.

Claudia Casarino hace el recorrido inverso: en lugar de mirar la planta, mira a quienes la cosechaban. La yerba —ka'a en guaraní— es una planta del monte que los guaraníes ya tomaban, compartida, en una sola bombilla que pasa de mano en mano. Los jesuitas la domesticaron y la volvieron el gran producto de exportación del Río de la Plata; con su expulsión en 1767, la producción volvió al monte y a una extracción violenta. Después de la Guerra de la Triple Alianza, el Estado paraguayo remató sus tierras: La IndustrialParaguaya, fundada en 1885, llegó a controlar más de la mitad de los yerbales y operó hasta 1987. Se sostuvo sobre un sistema de peonaje por deuda —trabajadores atados a una deuda impagable, en condiciones que se documentaron como esclavitud—. Eran los mensú y tareferos que Rafael Barrett denunció en Lo que son los yerbales (1908), donde los describe agotados hasta volverse "un muerto que anda". Para Casarino no es una historia ajena: su bisabuelo fue uno de esos hombres esclavizados en los yerbales.

En su dibujo nuevo, el fardo de yerba se ve nítido y pesado, mientras el cuerpo que lo carga se desdibuja hacia abajo hasta desaparecer en la tela: la mercancía tiene forma; el trabajador, no. Y el gesto más potente que realiza la artista es en tomar como fuente iconográfica una fotografía de propaganda publicitaría publicada enLondres en 1917. El objetivo primario era atraer inversores, luego se utilizó como imagen genérica del negocio yerbatero, viajando de un país a otro sin que nadie preguntara quiénes eranesos hombres. La artista la interviene y la devuelve convertida en imagen de duelo.

Entre la planta que se comparte y el cuerpo que la cargó hay una distancia que casi nadie anotó, y es esa distancia la que la artista vuelve visible. Trabaja con ropa porque la ropa es lo que queda del cuerpo cuando el cuerpo ya no está. En Domingo, seis camisas de algodón teñidas con tierra colorada —hundidas en el rojo del monte como en sudor o en sangre— dicen lo esencial por lo que falta: son seis y no siete porque en los yerbales no había descanso dominical. La séptima, la del día libre, nunca existió.

La historia de la yerba se contó en masculino: las mujeres quedaron borradas del relato o cosificadas en él —una cifra, una cocinera, una "hembra" sin nombre, en la lengua de Barrett—, aunque fueron ellas las que sostuvieron esa economía con el cuerpo, en cadenas de cuidado donde poner el cuerpo era también trabajo sexual,reproducción y crianza. Casarino trabaja precisamente para llenar ese vacío. Sin título (2026) lo hace casi de manera literal: camisas de ao po'i bordadas a mano —labor de mujeres— intervenidas con serigrafías en tierra colorada, de modo que el trabajo femenino que hizo la prenda reaparece bajo la marca de la mercancía.

No es la primera vez que las Claudias ponen en diálogo sus obras. Las artistas creen fervientemente en la fuerza de la polifonía femenina, donde hablando en coro insistentemente, el mensaje, se escucha más. Trago amargo estrecha ese encuentro hasta dos infusiones. El dibujo y el textil funcionan como membranas donde la historia sedimenta: la carbonilla que reconstruye una corteza enferma, la trama que guarda el calor de un cuerpo ausente.

Beber lo amargo no es tragarlo en silencio: es sostenerlo en la boca el tiempo suficiente para nombrar lo que costó.

Irene Gelfman

Buenos Aires, 26 de agosto del 2026